Camille saint saens homosexual

Los compositores lo han tenido fácil para restablecer el equilibrio de pesos en la balanza, poseedores del secreto alquímico de convertir el sujeto en objeto y el objeto en sujeto. ¿Y la inmensa mayoría que vive sin poder devolver esa gloriosa mercancía que se va depositando en las neuronas, en el alma, en el laberinto de los oídos, en el sudor que se transpira cada día?Los directores e intérpretes también, evidentemente. No es una pregunta de respuesta fácil, como tampoco de fácil formulación.Ellos no son sólo la música que produjeron o interpretaron, eso sólo es la consecuencia, pero ¿y el esplendor de la causa?He tratado de hacer una presentación múltiple e integradora de tantos destinos y rebuscar la vida que hay detrás de cada nombre, y las debilidades que hay detrás de cada vida, incluso haciéndola posible, sólo tras lo cual ya es posible explicarse las motivaciones que guiaron a los músicos para componer determinada música y para hacerlo de determinada forma, con el resultado de todos conocido y otro resultado para muchos más desconocido.El hecho de estar escrito este libro por alguien que no es músico profesional le proporciona un interés añadido, pues no cae en la tentación de ser sólo apto para profesionales de la música, sino que se dirige a un público mucho más amplio y que sienta la curiosidad de conocer mejor a la persona que se esconde tras una composición y su intérprete.El mero enunciado de sus capítulos es una prueba de que su lectura servirá ciertamente a satisfacer la curiosidad del aficionado y acrecentar el disfrute de la música.

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Entre tanto, la misma desorientación causaba que una obra hubiese constituido inicialmente un éxito y tiempo después sufriese el repudio de aquellos que antes la habían abrazado.

Pero lo cierto es que Schönberg debió aprovisionarse de un buen arsenal de armas, pues por falta de enemigos no quedaba. Su desconsideración hacia los demás sólo le valió para que, por encima de todo, fuera considerado él mismo como un repudiable y peligroso innovador que para destruir todo lo que hasta el momento se entendía por música portaba las dos armas más letales: una partitura y su deseo de pasar a la historia.

Así es como Vaughan Williams proclamaba que: «Schönberg no significa nada para mí, pero como aparentemente es muy importante para otras personas, me atrevo a decir que soy el único responsable de la actitud que adopto».

Los hechizos no saben de profesiones, aunque he de reconocer que la titulación es un grado.

Todo se reduce a un juego de contraprestaciones: en cuanto se concibe la música como un regalo desproporcionado la cuestión estriba en cómo devolver, en cómo reintegrar a sus legítimos dueños tantísima satisfacción.

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